Lo que aporta la experiencia: intuición y conocimiento experto en la era de la IA
¿Qué es esto? Aquí hay algo que me resulta extraño. Voy a investigar un poco más.
¿Por qué no intentamos esto? Sé que no lo hemos hecho nunca, pero me parece que puede funcionar.
¿En serio? ¿Por qué no? No tenemos nada que perder y a ver hasta dónde llegamos.
¿Cuántas veces hemos escogido el camino más largo, o el que parecía más complicado, simplemente porque teníamos la intuición de que era el correcto?
La mayoría de las veces no sale como esperábamos. En ocasiones acabamos dando vueltas en círculo. Pero, de vez en cuando, ese camino nos permite llegar antes que los demás o descubrir algo que nunca habríamos encontrado siguiendo la ruta más evidente.
Cuando buscamos una alternativa, nuestro cerebro recurre a experiencias anteriores. Rescata recuerdos, asociaciones, situaciones aparentemente inconexas y conocimientos acumulados para utilizarlos como referencia ante un problema nuevo.
Y, a las malas, algo es seguro: aprendemos de nuestros errores. Haber recorrido caminos equivocados también forma parte de nuestra experiencia y puede ayudarnos, en el futuro, a encontrar soluciones a las que difícilmente habríamos llegado siguiendo exclusivamente un razonamiento lineal.
Porque la intuición no surge simplemente de la suerte. En buena medida, se alimenta de la experiencia.
La experiencia es el registro dinámico y subjetivo de nuestras vivencias. No almacenamos todo lo ocurrido como si nuestra memoria fuera un disco duro que conserva una copia exacta de cada acontecimiento.
La memoria humana no es reproductiva como la de un disco duro, sino reconstructiva. Recordamos, interpretamos y reconstruimos.
Cada vez que recuperamos una vivencia, no reproducimos necesariamente un archivo idéntico al original: la interpretamos desde nuestro conocimiento actual y desde las experiencias que hemos acumulado desde entonces.
Y esta característica, que puede provocar errores y sesgos, también participa en nuestra capacidad para establecer asociaciones.
Ante un problema nuevo podemos relacionar, consciente o inconscientemente, elementos de experiencias muy diferentes. Una situación pasada puede recordarnos parcialmente a otra; un error cometido años atrás puede hacernos desconfiar de algo que aparentemente funciona; un detalle que no sabemos explicar puede llevarnos a investigar donde inicialmente no parecía haber nada.
Y ahí aparece una diferencia importante cuando hablamos de inteligencia artificial.
Una de las grandes virtudes de la IA es su capacidad para procesar enormes volúmenes de información en muy poco tiempo, identificar patrones, establecer relaciones y generar respuestas que difícilmente podríamos obtener con la misma velocidad por medios exclusivamente humanos.
Además, los sistemas actuales pueden generar alternativas novedosas, encontrar relaciones poco evidentes y ofrecer soluciones que inicialmente no habíamos considerado.
Pero existe una diferencia fundamental: la IA no ha vivido nuestra experiencia.
No ha estado presente en aquella reunión en la que algo no terminaba de encajar. No ha sufrido las consecuencias de una decisión aparentemente correcta que terminó siendo equivocada. No conoce por experiencia propia a un proveedor, un cliente, un proceso o una organización. Tampoco comparte todo ese contexto implícito que una persona ha acumulado durante años y que, en muchas ocasiones, resulta difícil incluso convertir en una regla explícita.
Ahí es donde aparece el conocimiento experto.
No se trata de tomar decisiones sin argumentos que las soporten ni de considerar la intuición infalible. La intuición también se equivoca y puede estar condicionada por nuestros propios sesgos. Precisamente por eso debe contrastarse con datos y evidencias.
Podemos entenderla, en cierta medida, como una forma de experiencia comprimida: la capacidad de reconocer rápidamente que una situación merece nuestra atención sin necesidad de recorrer conscientemente todo el razonamiento que nos ha llevado hasta esa conclusión.
Es ese: «Aquí hay algo extraño» que aparece antes de que sepamos explicar exactamente qué es.
La IA puede ayudarnos entonces a comprobarlo. Puede analizar millones de registros, buscar coincidencias, contrastar hipótesis y encontrar evidencias que confirmen o contradigan nuestra primera impresión.
Y también puede ocurrir lo contrario: la IA puede identificar un patrón que ninguna persona había advertido y será el conocimiento experto quien deba interpretarlo, contextualizarlo y decidir si realmente resulta relevante.
Por eso, personalmente, apuesto por un modelo de Inteligencia Colaborativa.
Un modelo en el que la IA amplía la capacidad del ser humano para analizar información, mientras que las personas aportan experiencia, contexto, criterio y conocimiento experto. Un modelo en el que ninguno pretende sustituir al otro, sino que ambos se complementan.
Porque quizá la verdadera oportunidad no esté en decidir qué hace mejor una persona y qué hace mejor una máquina, sino en aprender hasta dónde podemos llegar cuando ambas capacidades trabajan juntas.
Socio de ACFYD ANALISIS, S.L.









